9.12.06

Turquía y Europa

El pasado 12 de octubre la Asamblea Nacional de Francia aprobaba una iniciativa del grupo socialista que penalizaba la negación del genocidio armenio por parte de Turquía durante la Gran Guerra (1914-1918). Con esta ley, la cuestión armenia se equipaba penalmente a la del holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), cuya defensa ya era sancionada por las leyes galas, así como por otros países de la Unión Europea.

Naturalmente, la noticia no fue bien acogida por Ankara, que no sólo no reconoce la veracidad de la matanza, sino que además amenazó veladamente con un boicot sobre los productos franceses. Pero, más allá de la relación bilateral, es evidente que con esta polémica se enturbian las ya de por sí tensas relaciones entre la Unión Europea y Turquía, que caminan – por lo menos en la teoría – hacia la incorporación de esta última al bloque supranacional europeo. En este sentido, contrasta la actitud de un socio fundador como Francia, la cual reivindica por medio del conflicto armenio unos mínimos derechos esenciales de la Humanidad – aunque sea mirando la paja en el ojo ajeno, como de costumbre – frente al país aspirante, que niega esos problemas que justamente lo alejan del mercado común.

Sin embargo, en mi parecer todo esto no es más que el aspecto más epidérmico de la cuestión. Europa no se ha destacado en ningún momento – pese a ser una de las madres de la cosa – en la defensa de los derechos humanos, sino que los ha conculcado repetidamente cuando la ocasión lo ha requerido. Además, en otros casos como la de la Rusia postsoviética, el silencio ha resultado absolutamente cómplice y justificado por la necesidad de unas buenas relaciones que no empañen las relaciones económicas y energéticas. Así pues... ¿qué motiva esta repetitiva preocupación por Turquía?

Mi intuición me dice que, en el subconsciente de la propia Europa, en esa parte que determinan las relaciones con el vecino turco, se esconden sus propios complejos y temores identitarios. Pese a que el problema de la definición identitaria no es un problema exclusivo de la Unión Europea – también lo es de los propios Estados-nación, de las clases populares tras el declive del marxismo, etc. – no se nos puede escapar la gravedad y urgencia que tiene en su caso concreto.

Hasta el momento todo intento definitorio ha fracasado estrepitosamente. El paradigma de la cuestión es el ya difunto proyecto de Constitución Europea, que había intentado resolver esta cuestión considerando Europa como un club cristiano y liberal. Al margen de la cuestión socio-económica, la integración de países como Turquía, mayoritariamente musulmán, y la nueva oleada de inmigrantes que llegan especialmente a la Europa latina con religiones y costumbres diferentes hace que el proceso sea más complejo que eso. En Francia, por ejemplo, donde el rechazo a la Constitución fue especialmente significativo, se ha registrado una evidente incapacidad para la integración de esas nuevas identidades extracomunitarias – recordemos las revueltas y disturbios generados hace un año en el extrarradio de París por una amplia capa de inmigrantes de segunda generación frustrados por la imposibilidad del ascenso social y la integración –.

De todo ello, ¿qué podemos deducir? La conclusión debería ser que la creación de una identidad válida para cohesionar socialmente el edificio europeo no es tarea fácil en absoluto. Seguramente la solución está lejana y difícil de ser vislumbrada, pero parece indiscutible que las viejas y temerosas élites europeas no podrán limitarse a pensar en términos de choque de civilizaciones y que deberán apostar definitivamente, y de forma seria y rigurosa, por la integración o no de Turquía en la Unión.