18.7.07

Polonia y el fenómeno Kaczynsky


No sé si esto se va a convertir en una costumbre, pero por una vez he decidido hacer una entrada "por encargo". Hace unos días una amiga me sugería que, ya que había empezado el blog hablando de las tensas relaciones entre Turquía y la Unión Europea, podía ahora comentar qué ocurría ahora con el ultraconservadurismo católico instalado en el gobierno de Polonia. Y la verdad, el tema me tentó, aunque reconozco que me ha obligado a repasar algunos textos que tenía por casa y hacer algún que otro google.

En los últimos meses la cuestión de Polonia se ha puesto de moda en los medios por las dificultades planteadas para la reforma de la Constitución en la Cumbre de la Unión Europea de junio pasado, además de por algunas declaraciones contra comportamientos considerados poco respetuosos con la moral cristiana (véase la homosexualidad - incluso de los teletubbies- el aborto, etc.).

Polonia es un país que en toda su Historia ha afrontado enormes cambios y convulsiones, incluso hasta el hecho de ver cómo desaparecía en 1795 y no poder recobrar su estado propio hasta el final de la Primera Guerra Mundial, gracias al impulso del presidente americano Wilson y sus célebres 14 puntos. Sin embargo, pese a disponer de este nuevo status, su posición geoestratégica en medio de dos potencias como Alemania y Rusia no le permitieron desarrollarse sin sobresaltos.

Todo el mundo conoce - aunque sólo sea por referencias cinematográficas - el sufrimiento del pueblo polaco durante la Segunda Guerra Mundial. Y las consecuencias de la misma guerra, pese a haber sufrido una invasión absolutamente injustificada por parte de alemanes y rusos, no le fueron en absoluto favorables. Desde 1945 a 1989 Polonia formó parte del bloque comunista, quedando por tanto sometido a los intereses de Moscú.

La Historia más reciente de Polonia ha sido la de la reforma y consolidación de un Estado liberal y capitalista plenamente independiente. Como en el resto de países de la antigua Unión Soviética, el camino no ha sido precisamente fácil. La corrupción, la irrupción de las formas de capitalismo más salvajes y las dificultades para la transformación política e institucional han llevado a una gran insatisfacción entre los ciudadanos.

En el Dossier de La Vanguardia dedicado a "La otra Europa" (2004) la socióloga Lena Kolarska-Bobinska hablaba de la profunda desconfianza hacia la democracia y las instituciones de los polacos, salvando únicamente de la quema aquellas que representan la ley y el orden o el entretenimiento, es decir, "el presidente, la radio y la televisión, la iglesia, el ejército y la policía".

Mi reflexión inmediata al leerlo fue que, sin ser un gran conocedor de la Europa del este, parecía un diagnóstico bastante extrapolable a otros países como la misma Rusia. En efecto, parece que los tiempos de incerteza económica y social que viven estos países desde el derrumbe del comunismo derivan en la búsqueda de una mayor seguridad, de un discurso que aporte algunas certidumbres a las que agarrarse. Se trata, en definitiva, de que el suelo no tiemble tanto bajo los pies.



La salida rusa fue el autoritarismo de Vladimir Putin. La polaca pudiera ser el partido Ley y Justicia, dirigido por los hermanos gemelos Lech y Jaroslaw Kaczynsky, actuales Presidente y Primer Ministro respectivamente. Fundado en 2001, en sólo 4 años ha conseguido ser el partido más votado de Polonia basándose en una ideología ultraconservadora y ultracatólica. Entre sus propuestas estrella encontraríamos la reinstauración de la pena de muerte, la lucha contra la corrupción y la oposición a la eutanasia, la homosexualidad y las drogas.

Sin duda, un país que desea la vuelta de la disciplina y el orden, y que cuenta con un 90,5% de cristianos católicos - obviamente, con una enorme fidelidad al recuerdo del también polaco y conservadurísimo papa Juan Pablo II -, parece terreno más que abonado para este discurso. La cuestión ha empezado a llamar la atención a nivel internacional por este enroque ideológico, pero también geoestratégico - centrado en una renovada desconfianza hacia el vecino alemán y ruso, a la vez que se gestaba una incondicional alianza con Estados Unidos -. Está por ver cuáles serán las consecuencias a medio y largo plazo, pero más bien tiene pinta de que no será un trago plácido para la Unión Europea.

Confío haber estado a la altura de la petición... aunque con bastante retraso. En cualquier caso gracias por la sugerencia, y un beso para Chari y la pequeña Nur.

10.7.07

Las nuevas 7 maravillas del mundo




Tras una temporada de ausencia forzosa, retomo el blog con el comentario de un evento cultural que ha adquirido dimensiones planetarias. Se trata de la elección de las supuestas nuevas 7 maravillas del mundo, a la manera de las que ya se fijaron en el mundo antiguo. La idea, promocionada por un millonario suizo, no ha estado exenta de polémica y diversas instituciones como la UNESCO lo han calificado de pura estrategia de marketing.

Al margen de lo que organice un individuo particular, que obviamente puede hacer lo que le apetezca, me interesa más examinar otros aspectos que subyacen en este proceso. En este sentido, no deja de ser curioso analizar el papel jugado por los países y sus ciudadanos a la hora de encarar esta elección, el cual nos ofrece algunas claves sobre cómo valoramos nuestro pasado y nuestro patrimonio.

Empezaré por una obvia. A nivel general, nos importa un bledo el significado o el valor artístico del patrimonio que tenemos el privilegio de conservar a nuestro lado. Lo único que vemos en esas piedras amontonadas las unas sobre la otras es el dinero que nos reportará gracias al turismo. Y si un millonario nos hace el favor de publicitarnos más, mejor que mejor. En esta ocasión, el chollo era tan enorme que las instituciones no podían quedarse atrás en la inversión de euros, para satisfacción del director de la oficina bancaria donde es cliente el señor suizo de marras.



La segunda idea que me asaltó el cerebro fue cómo el patriotismo y la identidad nacional están por encima de cualquier sensibilidad artística o admiración cultural. He tenido la oportunidad de estar en contacto en algunos foros con gente de países implicados en la elección y en ocasiones me resultaba difícil saber si hablaban de la Copa América o de las 7 maravillas. Con ello no quiero decir que las obras de sus respectivos países no merezcan el apelativo de maravilla, pero no sé cuántas de estas personas habrán reparado por un momento en si deberían dejar de votar la "suya" para valorar más la de otros países. De hecho, no sé si cometeré un sacrilegio y me querrán matar por aquí, pero... confieso que voté por internet, y en mis 7 no estaba la Alhambra de Granada, que se supone que debería ser la más cercana a mi. Debo haber sido el único "idiota" en todo el planeta.

En último término, y siguiendo con esta reflexión identitaria, está la profunda hipocresía y cierta esquizofrenia que se halla en la defensa por parte de algunos estados y ciudadanos de sus "maravillas". Muchas de estas obras, tanto las electas como las no electas, forman parte del bagaje de culturas desaparecidas y denostadas por la cultura oficial de los respectivos países. En cambio, a la hora de usarlas como atractivo turístico y comercial, sí que interesan estas culturas. Por seguir con el ejemplo de los monumentos americanos, en el caso de Machu Picchu (Perú) y de Chichén Itzá (México), en ambos casos las culturas que produjeron esas edificaciones fueron masacradas y marginadas por los españoles en su momento, pero también por los estados formados tras su independencia. Tanto esas nuevas oligarquías nacionales como los ciudadanos de esos países han incurrido a menudo - no digo que siempre - en la depreciación y marginación de los elementos indígenas. Se olvida, por tanto, que Machu Picchu, por poner un ejemplo, es un monumento inca y se atribuye su valor a Perú, que en ningún caso tiene mérito alguno en su construcción y sentido.


Para ser políticamente correcto y que no parezca que esto se circunscribe únicamente a América, podría hablar del caso de China, que con su Revolución Cultural quiso hacer tabula rasa de la milenaria cultura china para eliminar las "bárbaras costumbres" de su población, y sustituirlas por otras más acordes con el nuevo estado comunista. O también, mirando al ombligo propio, la Alhambra de Granada, espléndido ejemplo de una cultura islámica que hoy en día es contundentemente denostada por parte de la población en España - incluso con ciertos tintes xenófobos -. Y siguiendo más allá, para que no me llamen progre y ciegamente pro-musulmán, mencionaría algunos actos atentatorios contra culturas pre-islámicas que todos tenemos en la memoria como la destrucción de las estatuas de Buda en el Afganistán talibán - por fortuna fruto de una interpretación poco representativa de la realidad mayoritaria del Islam -.

En definitiva, que en cualquiera de los casos que examinemos a nivel global encontraremos graves tics de etnocentrismo y de papanatismo cultural que todos deberíamos hacernos examinar urgentemente. Sin embargo, me temo que se trata de un virus extremamente bien instalado y del que somos poco conscientes. Bastaría al menos con la aceptación por nuestra parte de ese defecto para mitigar sus efectos y ser así un poco más justos con las culturas que nos legaron todo ese bagaje. Es lo mínimo que podemos hacer por su memoria y por sus auténticos herederos morales.